dimarts, 22 d’octubre de 2013

LA MOCHILA DEL MISIONERO LAICO

 Esta es la historia de una mochila misionera. Iba siempre fiel y llena de herramientas en la espalda de Oscar González Marqués, un joven de Ferreries que hace 12 años se fue, enviado por su Obispo de la Diócesis de Menorca, a trabajar, desde su condición de misionero laico, a una diócesis muy grande y poblada de Honduras: San Pedro Sula. Antes de salir, este joven llevaba la mochila llena de ilusiones, ya que empezaba para él una nueva etapa, la de dedicarse a los niños y niñas del barrio Rivera Hernández, un conjunto de colonias con fuerte problemática social, bandas juveniles, paro, violencia, desestructuración familiar, pobreza… Tenía el reto de poner en marcha el Programa Socio-Educativo Paso a Paso, para atender a niños de 6 a los 16 años. La mochila también estaba abarrotada de miedos e inseguridades por todo aquello que dejaba: familia, amistades, cultura… Tenía miedo de lo desconocido, de lo que se encontraría, de no saber dar respuesta, de la fragilidad y debilidad personal. En un bolsillo lateral, Oscar dejó espacio para poner un trocito de esperanza y fe. Estaba seguro que serían buenas semillas y que con poco tiempo podrían crecer si se daban unas mínimas condiciones. También dejó espacio para el anhelo de justicia, bastaba un trocito, el necesario para ayudarlo a vivir y establecer unas relaciones con los demás desde la justicia. Sabía que si conservaba lo poco que disponía le ayudaría a buscar, con pasión, un trozo de tan bello valor para todos los pobres. Expresamente Oscar dejó espacio para la coherencia. Sabía con seguridad que era la mejor brújula para guiar la acción diaria para no perderse en las tentaciones ni del poder ni de la vanagloria. Con todo, antes de salir, notó que pesaba mucho su equipaje dentro de la mochila, y a pesar de sentirse fuerte y seguro, agradeció profundamente saberse enviado por Jesús a través de su comunidad eclesial de Menorca, y lo más importante, sentir como las fuerzas para iniciar y recorrer este camino las daba Dios y las podría obtener con la oración, lugar de encuentro con el verdadero impulsor y responsable de este viaje misionero.


 En el transcurso de su viaje, -que hizo acompañado de tres misioneras más Silvia, Teresa y Alicia-, la mochila y Oscar se fueron encontrando con personas y diferentes situaciones. Las personas destacaban por la sencillez con que vivían y entendían el mundo, por la dignidad personal, por la solidaridad como pilar fundamental en las relaciones, por la alegría y optimismo ante las dificultades, por la acogida y la hospitalidad fruto de la gratitud… Cuando Oscar se encontraba o bien triste o bien perdido, cerraba los ojos y dejaba pasar por el corazón los nombres y rostros de Toña, Marta, Sagrario, Julio, Carmen, Emma, Michell, Edwin, los hermanos Valenzuela, don Jesús, Reyna… agradecía a Dios que en el camino de la vida se hubieran encontrado. Para Oscar estas personas eran un testimonio y un referente en la lucha silenciosa, entregada y fiel al evangelio. Sin duda eran héroes anónimos que nunca recibirían un homenaje ni saldrían en la prensa, pero que formaban parte de un colectivo que pedía y exigía otro mundo posible. Las experiencias con las que se encontraba lo hicieron crecer mucho.
Eran diferentes, desde el dolor, pasando por el sinsentido a la alegría hasta la encarnación en el pueblo pobre. En las situaciones de dolor y sinsentido, siempre pedía a Dios que no le hiciera un corazón insensible, sino que lo implicara y se dejara enternecer por el dolor y el sufrimiento ajeno. Y cuando los acontecimientos llevaban alegría y plena encarnación con el pobre, se sentía un ser privilegiado por vivir tantas consolaciones. Con todo, la mochila y Oscar hacían un equipo siempre dispuesto a continuar el camino acompañando a los pobres, desde la fidelidad, la coherencia y el amor. Sabían que estaban recorriendo un sendero utópico lleno de obstáculos económicos –FMI, BM, OMC- pero, el sueño de un mundo de justicia social, de amor, dignidad humana y respeto por la naturaleza era un sueño digno de convertirlo en realidad. Oscar González Marquès

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